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                   * AMOR DE TANGO


                    *EL ÚLTIMO CUENTO DE JUAN


                     *LEVANTANTO VUELO 

        
                       
                             



Iremos publicando estas novelas  por entregas. Comenzamos por "AMOR DE TANGO" , aunque en realidad deberían haber leido antes las otras dos para una mayor comprensión del argumento. 
Sin embargo no es esencial, y deja al lector la posibilidad de crear e maginar.
AMOR DE TANGO es una novela que, en su desarrollo, nos sorprende en varios momentos con lo imprevisto. Incluso el final nadie se lo imagina.
Espero la disfruten, asi como las otras dos, que también son apasionantes.
El lenguaje lunfardo fue necesario usarlo en esta novela, dado el ambiente porteño y arrabalero en que se desarrolla la trama de la novela.



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                                   Autor: José de Arias Martínez

 

                                               

                                         AMOR DE TANGO

                                                  (novela)







                                                            

                                            CAPITULO UNO

 


                                                                                                                                        Vigilia

1940. Juan, como tantos españoles, emigró un día a la Argentina con su esposa Laura y sus tres hijos: Santiago, Luisito y Marisol.
Vivían en un típico "conventillo" en el barrio de la Boca de Buenos Aires, muy cerca del Riachuelo, entre calles empedradas, atravesadas por viejas vías de tranvia  que servían ahora de potrero para los pibes que, después de gambetear una pelota de trapo, se iban en patota hacia la Bombonera, famosa cancha de Boca Junior, pateando tachos de basura.
Las calles de la Boca, como casi todas las de Buenos Aires, tienen ese "no sé qué" que lo ponen a uno nostálgico.
Existe alli una calle, que no es calle, aunque sí lo es, llamada Caminito, que Juan de Dios Filiberto inmortalizó en el famoso tango que lleva su nombre.
                                                                                                                                                                                                                     Año

Caminito que el tiempo ha borrado,
que juntos un día nos viste pasar,
he venido por última vez,
he venido a contarte mi mal.
Caminito que entonces estabas
bordado de trébol y juncos en flor,
una sombra ya pronto serás,
una sombra lo mismo que yo.

 

Desde que se fue
triste vivo yo,
caminito amigo,
yo también me voy.
Desde que se fue
nunca mas volvió,
seguiré sus pasos,
caminito, adiós.

 

Caminito que todas las tardes
feliz recorrías cantando mi amor,
no le digas si vuelve a pasar
que mi llanto tu suelo regó.
Caminito cubierto de cardos,
la mano del tiempo tu huella borró;
yo a tu lado quisiera caer
y que el tiempo nos mate a los dos.

 

La Boca está rodeada de embrujos, historias secretas de corazones rotos, nostalgias de un pasado lejano, acentuada por el rancio mestizaje y sus duelos de guapos y compadritos.

 Recostada en el corazón del barrio, la calle Caminito parece una novia entregada al amor y al recuerdo. Tan chiquita que nunca creció, apretada en su cintura, para que nadie se atreva a llevársela, por las calles Garibaldi y General de la Madrid, reposa sus pies, o su cabeza,-según el ángulo en que se la mire- en la intersección de otras dos calles; una que empieza, la Av. Pedro de Mendoza, y otra que termina, Magallanes.

El Riachuelo se quedó ahí, no más, a unos pasos, como besándole los pies, expectante, por si un día despierta y decide también irse, como tantos otros lo hicieron.

Barrio otrora de bohemios y malevos, de guapos y milongueros, de compadres y compadritos, la Boca está recostada sobre un flanco del Riachuelo, un trozo de lo que fue un día mestizaje entre criollos y otras razas, porque Buenos Aires es así, celeste y blanca, un robo al cielo, afronterada, abierta a la esperanza y a los sueños de quienes quieran habitar su suelo; y así lo estableció generosamente en su constitución como ejemplo vivo de biocracia.

-"Empezaremos por comprender mejor sus costumbres y respetarlas",-repetía Juan con insistencia a su familia. Y es que Juan estaba seguro que no existía en el mundo un País tan solidario y acogedor con los extranjeros.

Vivían justo a la vuelta de Rocha, a una cuadra de Caminito, en una especie de bohardilla con dos pequeños cuartos, una cocina económica y un baño chiquito. Se accedía a ella por una escalera de madera, carcomida ya por la humedad, tan típica de Buenos Aires(“Si no fuera por esta humedad que te mata….”).

Diariamente se veían contingentes de turistas, armados de sus cámaras fotográficas, flasheando aquellas calles para llevárselas de recuerdo y evocar más tarde unas vacaciones y demostrar que el Sur también existe.

Juan no había aún entrado en el corazón de las cosas. Se le hacía difícil comprender a los porteños, sobre todo su bronca, ese resentimiento que tan bien expresa el tango, porque el tango es triste, y es triste porque es desesperanzador(“En mi vida tuve muchas, muchas minas, pero nunca una mujer”. “Nada le debo a la vida, nada le debo al amor; la vida me dio tristezas y el amor una traición”). No por eso Juan se convirtió en un alma sombría. Tampoco aprendió a reir con una mueca y a escupir de costado como lo hacía el porteño; en parte porque es difícil hacerlo, y en parte porque le parecía una forma sarcástica de traducir la existencia. Para él, pese a todo, la vida seguía siendo bella. Tampoco asumió el rol de compadrito, típico de una sociedad rencorosa y maleva. Èl lo achacaba a un velado sentimiento de baja autoestima. No se dejó arropar por la nostalgia, aunque debió confesar en más de una ocasión que le agarraban remezones de morriña, sobre todo al escuchar alguna tonada española, que le hacían verter algunos lagrimones. Y hasta el tango lograba a veces ponerlo melancólico al escuchar algún bandoneón desgranando lamentos “pal recuerdo” en letras como esta: ”Te acordás hermano qué tiempos aquellos…..”

Paseando algunas tardes con Laura, su mujer, por la calle Caminito, se topaban con alguna pareja de bailarines de tango, más que abrazados sus cuerpos-pues el tango es abrazo-entrelazados, acompañados por un cantor y uno o dos bandoneonistas vestidos de riguroso negro y sentados en unos banquitos bajitos, la cabeza apoyada en el fuelle como queriendo escuchar cada uno de sus notas y lamentos, con sus sombreros, también negros, calados hasta las orejas para no ver y sí sentir, los ojos pegados al piso, ausentes, arrancando, más que notas, lamentos desgarradores a un instrumento de cuarta generación.

Juan quedaba entonces absorto por tiempo indefinido hasta que Laura lo despertaba de su ensimismamiento tironeándolo de un brazo. Y es que cada vez que algo así sucedía, Juan como que entraba en una dimensión desconocida, queriendo comprender más, pero quedando siempre en el intento. Algo en él se despertaba entonces buscando respuestas a una serie de preguntas que nunca se había atrevido a formular por creer no tener respuesta. Escuchaba aquellas notas que parecían surgir del fondo oscuro de un pozo invisible y misterioso, como el reflejado un día en los ojos asustados de Platero. Se lo veía seguir, casi inconscientemente, con un movimiento acompasado de sus ojos, las contorsiones de aquellos endiablados bailarines de tango, que expresaban en un lenguage sensual y casi lascivo, un arte para él aún ininteligible, pero conmovedor a su vez. Cortes y quebradas hacían contonear sus caderas y girar sus cuerpos como trompos en vórtices mágicos, conteniendo, por momentos muy breves, el aliento y produciendo un vacío interno que sólo podía ser llenado por Dios o por el diablo. En la mente de Juan ideas contradictorias le hacían considerar aquella danza como endiablada y a su vez sagrada. Se producía entonces un compás de espera o una detención, al que seguía un quiebre de cintura donde sus bocas se acercaban y mezclaban sus alientos entre lo dramático y lo épico, lo divino y lo humano, lo simbólico y lo diabólico, el perdón y la culpa; donde la lujuria de un abrazo les hacia cerrar los ojos y encerrarse en sí mismos en un “orgasmo mental” de fantasías y sensaciones maravillosas. Su espíritu parecía moverse más allá de sus cuerpos. No eran dos, eran tres…diez….cien…Eran miles de personas bailando, convertidos en luz, en radiante claridad, un despertar más allá de las sombras, del espacio y el tiempo, en un eterno devenir del aquí y ahora. Sus cuerpos, tan sutiles,  parecían ser arrastrados y movidos por invisibles hilos haciendo surgir pasos de la nada como un universo de danzantes fotones, deslizándose, modificando sus pasos al más leve deseo, contorsionándose en pivotes intermitentes, calesitas, ochos, dobles ochos, cruzadas, dobles cruzadas, medias lunas, trabadas, boleos, arrastradas, ganchos entreverados, firuletes, taconeos, mordidas, sobrepasos, molinetes, resoluciones simples y continuas, y un sin fin de pasos y figuras que surgían sin pensarlo, que se modificaban como nubes en un bello atardecer.

 

Una amalgama de sensaciones corrían por la mente y la piel Juan que , aún sin comprender, le hacían vibrar las fibras más íntimas de su ser y estallar su ya afiebrada imaginación, hasta el punto de llegar a pensar y vislumbrar una respuesta a sus dudas existenciales. Algo extraño presentía en aquella increible danza que desde hacia algún tiempo le estaba quitando literalmente el sueño

Aquellos bailarines soñaban o estaban conscientes? Él mismo Juan, soñaba o estaba despierto? Las dos cosas tal vez? Un cuarto estado de conciencia en el lugar silencioso de su mente? A quién seducían en el tango? A cuántas personas hacían partícipes en aquel triángulo de contención de sus brazos? Cuántos “orgasmos” puede producir el alma?

Tal vez lo único que Juan buscaba era sólo una justificación a culpas pasadas y no olvidadas ni perdonadas. Fue por eso que aquel mismo día se prometió a sí mismo estudiar y aprender aquella extraña danza, dual y única a la vez, capaz de darle la respuesta que él buscaba.

-A mi no me gusta el tango,- le dijo un día su mujer con voz desenfadada.-No pienso aprender a bailar esa danza macabra, que más parece de putas.- Sus palabras sonaron agrias.

-Podrías intentarlo al menos, mujer. Con el tiempo puede ser que no te desagrade tanto-dijo Juan calmadamente, sin tener en cuenta el veneno encerrado en las palabras de Laura.

-No lo creo. Además el tango es triste. Los españoles somos más alegres.

-Lo es, no cabe duda. Nadie niega eso. Aunque triste es la gente, no el tango. Pero tanbien tiene duende como nuestro cante jondo, encierra misterio, y refleja la vida.

-No lo creo así-replicó Laura.- Si tanto te atrae y te interesa, búscate una “mina”.como las llaman aquí. Tal vez élla te pueda ayudar a desvelar ese misterio del que tanto hablas. Yo no sé qué es lo que le ves a esa maldita danza.

-Yo tampoco sé,-dijo Juan, sin perturbarse- si me gusta hasta ese punto, pero hay algo en élla que me seduce y me atra como un imán.

-Ya te lo dije: búscate otra. Conmigo no cuentes. Tal vez esa minita te lo haga saber mejor que yo.- Con la palabra “yo” aún en su boca, dio media vuelta, un portazo y se fue.

-Eso es lo que haré.-gritó Juan, elevando la voz para que Laura lo escuchara, a sabiendas de que aún estaba detrás de la puerta y de que aquellos iba a traerle inconvenientes.

-Pues muy bien, si esa es tu decisión que tengas mucha suerte- contestó entreabriendo la puerta pero sin aparecer. Y esta vez sí, el portazo hizo dar un salto en la silla a Juan que balbuceó para sí: “la guerra recién comienza”.

Sin embargo Juan estaba decidido. Aprendería a bailar tango, aún en contra de su mujer. Sus sueños se estaban haciendo cada vez más reales. Por el momento no distinguía entre sueño y vigilia. A veces, estando soñando, se preguntaba:”Lo ves, Juan, no puedes estar soñando, allí está la casa de tus padres, el muro con las escaleras de piedra. Allí está Eulogio, el tonto del pueblo. No escuchas acaso el martilleo de Paco el zapatero? Eso no es estar soñando”. Y luego, al despertar, la desilusión. Pero también un nuevo interrogante: no estaré soñando ahora que estoy despierto?, Así es como Juan se devanaba los sesos. Y no quería confrontar experiencias con nadie, no fuera que lo tomaran por loco. Le ocurriría eso sólo a él? , porque al parecer el mundo seguía andando, y él detenido en el tiempo, formulando preguntas que nadie le respondería nunca.  Por qué debía ser la vigilia algo real y los sueños pura ficción? Por qué no la misma realidad?. Y ahí entraba Juan en otra paradoja: por qué en uno (vigilia) existían imposibilidades, como volar, por ejemplo, y en el otro(sueño), muchas más posibilidades?

Y eso lo llevaba a Juan a un conflicto ético y moral mucho mayor: en sueños amaba con la misma intensidad a otra mujer y no sentía culpa, ni propia ni ajena, más bien un estado de dicha; mientras que en vigilia, si amaba a las dos mujeres, sentía culpa, tanto propia como ajena.

Así era cómo Juan se mecía en la amaca de lo irreconciliable. Si por él fuera, le gustaría que la vigilia fuera tan inculpable como los sueños. De no ser una conjetura solamente, se verían resueltos, como por arte de magia, infinidad de complejos de culpa, entre éllos el conflicto de parejas. “Nadie puede negar hoy en día el patético fracaso del matrimonio como institucón estable” pensaba Juan. Tal es así que el matrimonio como institución parece estar lapidado por un “requiescantinpace”.

“En el tango encontraré la respuesta”, se repetía una y otra vez Juan. Se lo decía a sí mismo, más como deseo que como afirmación.

Para comprobarlo debería vivirlo primero en carne propia, sentir el cuerpo de una mujer, de una “mina”, de muchas “minas”, abrazadas a su piel, obedientes todas éllas a su marcación, pero libres a su vez para la propuesta creativa, atados ambos a un mismo ritmo, a un único compás de dos por cuatro, cada quien en su mundo de fantasías y muñecas bravas, de titiriteros, de guapos y cafishos.

Juan presentía que no había en el tango, como en el sueño, culpa alguna. Y quería comprobarlo. “Sólo los críticos envenenan el tango”, decía a veces con cierta bronca contenida. Al tango lo veía Juan, o mejor lo sentía, como una reconciliación del sueño y la vigilia. Estaba seguro de descubrir en él las mentiras con que se disfraza la verdad. Sabía que no sería fácil. Èl amaba a Laura(vigilia) y también a Aurora(sueño). Y fue precisamente en un sueño donde Juan entrevió, al hacer el amor con Aurora, que amor en sueño, podía convertirse en amor en vigilia, y amor en vigilia en amor en sueño. Y en ese punto se produciría la alquimia, lo mágico, en algún lugar ilocalizable de la conciencia, donde el amor condicionado se convertiría en amor punto, sin condicionamientos, como siempre fue. Un bebé le hace el amor a todo lo que toca. Será que para comprender las cosas tenemos que volver a ser bebés? Qué cosa es culpable o inculpable en el “amor punto”?

“Comenzaré por algo concreto”, pensó Juan: “aprenderé a bailar tango”.

En un principio sintió como una puñalada que Laura, su mujer, no lo acompañara. Luego, al reflexinar, comprendió que tal vez era esa la forma en que el destino se encaprichaba en que sucedieran las cosas.

Juan, como de costumbre, ese dia se levantó temprano. Desayunó solo. Calentó un poco de café que había quedado del día anterior y se comió dos medias lunas que también habían sobrado del día anterior. Los chicos dormían aún. Cuando estaba por levantarse para irse, apareció Laura que, sin saludar, se metió al baño. Juan se puso el saco y salió para abrir la panadería. Parecía aquella una jornada sin mayores inconvenientes. Sería realmente así?

Por la tarde, aprovechando que los niños se habían quedado atendiendo el negocio, se dio un baño rápido, miró su reloj y salió para tomar el colectivo sesenta y cuatro. No le sería difícil encontrar la academia. En un papel que guardó en el bolsillo había escrito la dirección y un teléfono. Antes de bajarse se aseguró de no pasarse, preguntando al chofer. En Buenos Aires es fulero pasarse una parada para luego retroceder. No es que te paren en la segunda cuadra, por más que les grites, pueden llevarte al otro lado del planeta y, al bajarte, creer que estás en una ciudad desconocida. Por suerte bajó bien. Subió por Caseros hasta Piedras, allí doblo a la derecha, hizo una cuadra hasta Brasil y otra media por ésta, entre Piedras y Tacuarí, para entrar en un largo corredor con altas puertas a los lados, todas iguales. Sólo unas letras borroneadas y en mayúscula las diferenciaban. Miró varias veces el papel que llevaba en la mano. "Hache….hache….hache", iba repitiendo mientras de reojo miraba el papel con la dirección. Los acordes de un bandoneón lo orientaron mejor que las letras. Era justo la última puerta.

Lo recibió una mujer bien parecida, como de unos cuarenta y cinco años, vestida con una pollera negra tajeada hasta la parte superior del muslo y dejando entrever unas piernas bien contorneadas. En ningún momento dejó de sonreir, Respiraba entrecortada y se secaba la frente con un clínex.

-Hola,-se adelantó ella.

-Hola-contestó Juan, levantando los ojos del tajo de la pollera en el que se había quedado prendido.y mientras trataba de guardar el papel en su bolsillo.

-Supongo que venís por lo del tango-respondió élla a la vez que hacía una inhalación profunda como si quisiera sorberse de un trago el poco aire aún no contaminado de Buenos Aires.-Me quedé sin aliento-, se excusó

-Si, a eso vine-dijo Juan

-Puedes pasar.- Juan entró en una pequeña sala semioscura donde una cortina de plástico transparente, dibujaba las figuras esfumadas, de algunos bailarines en plena clase de tango. A Juan le dio la impresión de que los habían metido en una coctelera

-Espérame aquí. Enseguida vuelvo.-Juan esperó parado en medio de la sala y a medida que sus ojos le pudieron robar un poco de luz a la penumbra de una lamparita de veinticinco wats, pudo ver una serie de fotos y artículos recortados y pegados en una cartelera. Se acercó. Había fotos de bailarines danzando. En otras estaban entregando premios. En una se veía a Ernesto Sábato junto a Gardel con una dedicatoria que decía:"de maestro a maestro" Juan sonrió. En un artículo del diario el Clarin se leia, destacado, este encabezamiento: "Tango pasión de Buenos Aires". Comenzó a leerlo, pero tuvo que dejar de hacerlo cuando apareció de nuevo la mujer de la pollera tajeada.

-Ven, seguíme- dijo ella sin más preámbulos, a la vez que lo tomaba a Juan de la mano y lo invitaba a pasar a otra sala. Juan la siguió sin poder siquiera reaccionar, abriéndose paso entre la maraña de piernas revoleadas y cuerpos contorsionándose. Llegaron a una sala donde un profesor, de barbita y zapatos de taco alto charolados, estaba dando aula a una sola pareja. Llevaba la camisa desabrochada mostrando el vello de su pecho empapado en transpiración.

-Viene para anotarse en tango básico-dijo la mujer, sin soltar a Juan de la mano y presentándolo.

-Enseguida estoy con él-dijo sin mirarlo siquiera, concentrado totalmente en lo que hacía la pareja de bailarines. De vez en cuando impartía instrucciones en unos términos que Juan no comprendía muy bien, aunque hablaba en español.

-Aquí usamos mucho el lunfardo, sabés?.dijo ella a Juan al ver su cara de extrañeza. Así que no te asustés. Sos gallego, no?

-No, soy español

-Se gual. Gallegos, tanos, gaitas, todo es lo mismo para los porteños. Aquí somos reos y rantifusos, Hasta nos puteamos en lunfardo. Se carcajeó. Juan mostró una sonrisa forzada y aprovechó para zafarse de la mano de aquella mujer que ni siquiera conocía y se tomaba tamaño atrevimiento. Demostrando siempre buena honda, la mujer continuó hablándole a Juan.

-Las mujeres somos minas, grelas, caqueras, paicas, percantas, chirusas, catreras, pipistrelas, quemeras y papirusas, por mostrarte sólo algunos nombres. Y los hombres: bacanes, cafishos, otarios, compadritos, malandras, churros, cajetillas, pitucos y cancheritos, también por mostrarte sólo algunos. Hay muchos más. Lo dijo todo de corrida como una letania ya aprendida. Luego respiro profundo.-Ya te irás acostumbrando. A la larga te copás. Perdoná, se me olvidó preguntarte cómo te llamás.

-Juan

-Lindo nombre, como el de mi abuelo paterno, que era también gallego, perdón, español como vos. Nombre bien de varón, ché.Yo me llamo Griseta, Bueno, me llaman. Rió. Como la del tango, ya sabés.Todos en mi familia son milongueros, de la guardia vieja, por supus, lo que se dice tangueros de ley. Yo era la única oveja negra de la familia. Me había chiflado por el rock. Hasta que me apasioné también por el tango. Y no me preguntés por qué, porque ahí me agarrás en offside. Lo que sí la ligué fue con el nombre, bastante fulero, no crees?. Menos mal que no me falta jeta pa bancarme las cachadas.

-Sin embargo suena bonito-dijo Juan, sin ninguna pretensión de halagarla o quedar bien.

-Gracias. Es la primera vez que me lo dicen. Y en gallego-. Volvió a reir. Le costaba poco hacerlo. "Menos mal que hay un gil que le gusta mi nombre", pensó para adentro. –Aunque tal vez tengás razón. Ya no me suena tan mal.

-Cómo-dijo Juan, que estaba más atento a los bailarines que a la charla.

-Nada, olvidálo-.Sin embargo Juan preguntó:

-Quién fue Griseta?

-Para serte sincera, no estoy del todo segura porque fueron varias las minas que vinieron de Paris a probar fortuna. A ella parece ser que le fue para el traste, si es la que dicen.La llamaban "la flor de París", eso es lo que cuenta el tango que lleva su nombre, pero parece ser que aquí se vino a menos y se llevó flor de chasco. Se ve que no conocía a los argentinos. Volvió a reir; esta vez sin estruendo. Debe ser fulero cuando se te viene la malaria y te caés así.

-Me supongo que hay muchas historias parecidas escritas en los tangos.

-Un montón de libros, pero nadie los juna. Ustedes son más ilustrados. Se lo leen todo. Los de ahora, claro, porque para qué hablar de los gallegos y tanos de antes que eran más brutos que arados y medio cuadrados, por no decir enteros. Aunque la verdad sea dicha, hay algo importante a su favor: eran laburadores al mango y muy honrados. Qué se va cha ché. Antes de que Juan le preguntara, aclaró ella: -es otra expresión lunfarda, no te asustés. En realidad era el lenguaje que usaban los chorros, bueno los rateros, que no sé qué tiene que ver con el tango por más que sea reo y compadrito. Esto no es Madrid, sabés,caé del catre porque estámos en Buenos Aires, que tampoco sé de dónde le sacaron el nombre porque ya no se puede ni respirar.

El profesor había terminado de dar su aula y se dirigió a Juan, presentándose.

-Soy Pedro, para lo que guste-dijo tendiéndole la mano. Juan se la estrechó y le gustó aquel fuerte apretón del barbita.-. Ya podemos hablar. Tu nombre?

-Juan.

Bien, Juan, ya nos conocemos. Ahora a bailar.

-A eso vengo precisamente. Bueno, a aprender.-Los dos sonrieron. Griseta pidió permiso para retirarse, no sin saludar antes a Juan y darle un beso en las dos mejillas.

-Cuídame pebeta que no me hagan quilombo allá afuera-le recomendó Pedro..

-No te preocupés. Déjalos por mi cuenta. Y tu Juan no te vayás sin verme primero. Tengo algo que chamuyar con vos. Bien, los dejo solos. Dio media vuelta y se fue.

Antes de transponer la puerta le guiño un ojo a Juan..

-Es una gran mina, Si no fuera por élla esto sería un quilombo. Sabés, Juan, que me caiste bien de primera, tenés salero, como buen español. Y olé!-dijo tratando de hacer un paso flamenco. No hay nada que hacer, mi abuelo era de la Coruña y todos los dias me contaba un cuento diferente, y con qué gracia!; no sé de dónde carajo los sacaba. Bueno ustedes dicen coño en vez de carajo.